Prison Break se centra en la vida de Michael Scofield, un muchacho inteligente que desea sacar a su hermano de la cárcel, que está allí por error, condenado a muerte. La trama completa tiene altibajos: la primera temporada es excelente (todo ocurría dentro de una cárcel, a la que un protagonista muy cerebral e ingenioso ingresaba adrede para salvar a su hermano fortachón de la pena de muerte). La segunda ocurre bajo el cielo limpio de los campos y los pueblitos americanos; allí se desarrolla un largo, y muy aburrido, escape de fugitivos, que son muchos y corren sin sentido como cucarachas cuando uno enciende la luz de la cocina. Algunos mueren, otros no. Y todos buscan una enorme bolsa de dinero que les otorgará la vida y la libertad. La cosa acaba con los personajes más importantes otra vez en prisión (perseguidores y perseguidos, da igual). Esta vez se trata de una prisión desastrosa, mugrienta y caótica del tercer mundo. De este modo (un modo torpe) nos dejan la opción de ver una tercera temporada otra vez carcelaria.
La tercera y la cuarta mejoran mucho. Tienen otra vez una buena tensión dramática y los guiones parecen más elaborados. Pero uno no puede dejar de recordar la perfección de la primera entrega, donde hasta los actores parecían tener más ganas de actuar.